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Redacción Semana
Sencilla y agradable. Esa es la impresión que dejó la infanta Elena de Borbón en la corta y discreta visita que realizó a Ecuador, en calidad de directora de Proyectos Sociales y Culturales de Fundación Mapfre.
El itinerario fue bastante apretado. Guayaquil, Quito y El Triunfo fueron los lugares escogidos para su recorrido que debió realizarse en tan solo tres días. Luego de su arribo a Guayaquil, visitó las oficinas de Mapfre Atlas para, en la noche, cenar con un selecto grupo de amigos y colaboradores de la Fundación. El lugar elegido fue el Bankers Club, decorado con sobriedad y elegancia, según lo exigía la presencia de tan importante invitada.
Al día siguiente estuvo en Quito. Allí comprobó el desarrollo de varias obras que mantiene la institución, y aprovechó esos momentos para mantener un cercano contacto con varios niños y adolescentes beneficiados. Los más pequeños, entusiasmados, recibieron a la infanta con una canción de bienvenida. Vinieron luego los abrazos y la entrega de un obsequio floral. Los jóvenes del proyecto, por su parte, la recibieron con un acto de malabarismo, un baile típico de marimba -que incluía el vestuario adecuado- y le dedicaron una canción de reggaetton compuesta por ellos. Para culminar los festejos, le obsequiaron un cuadro pintado por una de las madres de familia que representaba un caballo, una de las más grandes aficiones de la infanta.
La visita a la Capilla del Hombre, museo de Oswaldo Guayasamín, fue para ella un momento especial. Se dejó cautivar por la gran cantidad de obras de arte y la sobriedad del lugar. Le llamó mucho la atención una frase escrita en una de las paredes, a la que, incluso, fotografió con su celular: “Yo lloré porque no tenía zapatos, hasta que vi a un niño que no tenía pies”. Allí mismo se le había organizado un delicioso almuerzo, durante el cual se le hizo entrega del libro “Los Altos Andes del Ecuador”, que contiene fotografía de los volcanes que hubiera querido admirar durante el vuelo de ida a Quito, pero que le fue imposible debido al clima.
Saliendo del protocolo y la agenda establecida, Elena de Borbón pidió visitar también la Mitad del Mundo. Allí no podían faltar las clásicas fotos con un pie en cada hemisferio y aquella que suelen hacerse los visitantes sosteniendo el mundo en sus manos.
También estuvo en El Triunfo, en la escuela Club de Leones. Allí, los estudiantes de mecánica automotriz le entregaron un presente y un pequeño libro que contenía fotos de ellos y varias cartas de agradecimiento en la que le contaban cómo el proyecto cambió sus vidas. El impacto que ello causó en Elena de Borbón fue evidente. Al final de la jornada, encendieron “el pequeño Franklin”, un vehículo hecho por los mismos alumnos como parte de su proyecto y que empezaron a armar a principios del año escolar. La infanta no resistió la tentación de ella también subirse al automotor.
Ya de regreso a Guayaquil, compartió un delicioso almuerzo en el Parque Histórico. El acto de amorfinos arrancó sonoras carcajadas de la infanta quien, además disfrutó muchísimo del recorrido en el que, durante su visita al museo, fue recibida por personas vestidas de Guayaquil Antiguo y un saxofonista que interpretó Guayaquil de Mis Amores. El jardín, la iglesia Corazón de Jesús y las diferentes edificaciones causaron su evidente admiración. Allí recibió como regalo un sombrero de paja toquilla especialmente confeccionado para ella.
Para culminar, la infanta visitó el Mercado Artesanal. Los bordados y los diferentes objetos típicos fueron sus preferidos, y aprovechó el recorri-do para comprar varios recuerdos para sus hijos.
Luego de estos días llenos de intensidad, la infanta regresó a España. Cumplió con su objetivo de supervisar en campo el aporte y las acciones emprendidas por la Fundación de la que forma parte. Ya de regreso, se llevó el recuerdo de los hermosos paisajes que la cautivaron, el sabor de las frutas de estación, la belleza de las extensas plantaciones de banano, arroz, cacao, café y ca-ña de azúcar, entre otros; y, por supuesto, la teca, madera con la que se construyen algunos de los barcos de los que su familia es tan aficionada. En su equipaje, algunos mangos, granola y muchos recuerdos que le fueron entregados en cada uno de los lugares que visitó, daban cuenta de su paso por nuestro país.
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