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Redacción Semana
Debo cumplir con mis responsabilidades, y con todas las demás que estén a mi alcance...”. Es la filosofía de un hiperresponsable, describe la psicóloga clínica, Glenda Pinto.
Y emplea un efectivo método: el esfuerzo excesivo; solo así logra su cometido: hacerlo todo él para que resulte perfecto. “La personalidad de un hiperresponsable incluye rasgos admirables (ordenado, oportuno, coherente, disciplinado, pulcro, detallista, entre otros) pero muestra tendencias obsesivas y/o adictivas”, asegura Óscar Nieto, psicólogo facilitador de Constelaciones Sistémicas Familiares.
Es que “no descansa hasta realizar todo lo que considera su deber”, enfatiza la psicóloga Teresa Baquerizo, máster en Terapia Familiar. Así tenga que amanecerse, dejar de descansar o de alimentarse. Dicen que no hay satisfacción ni tranquilidad más grande que la del deber cumplido...
UN LÍDER CON INTERESES OCULTOS
“Los hiperresponsables a menudo fungen como líderes con el afán de mantener un control total. Se encargan de todo hasta agotarse y sin saber cuándo o cuánto es suficiente. Sienten la necesidad compulsiva de dar más, más y más, sin sentirse realmente satisfechos, hasta llegar a un cansancio físico y emocional extremo”, dice Pinto. Le resulta difícil decir “No” a las tareas que habitualmente se le adjudican, pues debido a su alto nivel de excelencia, su entorno delega en él la mayor cantidad de responsabilidades. “El hiper responsable suele ser el mejor alumno o el empleado estrella, por esa tendencia a responder siempre dando lo mejor de sí”, considera Nieto.
Sin embargo, “estamos tratando a una persona obsesiva que lidia un grave conflicto entre el ‘ser’ y el ‘deber ser’, pues su meta es hacer todo lo que cree que el otro espera de él”, señala Baquerizo.
¿MEDIOCRE? ¡JAMÁS!
Esta conducta obsesiva puede derivarse de experiencias vividas en la infancia, de la forma en que el pequeño fue educado. “Una demanda irracional de padres y maestros, sin considerar la edad del individuo, puede generar a futuro, comportamientos distantes de la salud emocional, mental y física de la persona”, advierte Óscar Nieto.
El hiperresponsable siente una amenaza en su recuerdo, en el inconsciente: “si no lo haces bien no sirve”, “no puedes hacerlo porque eres mediocre”; frases que debió aprender de sus mayores. “De ahí deriva su conducta ansiosa. La ansiedad es un indicativo de miedos inconscientes no manejados por la persona”, subraya Glenda Pinto.
UN SER TEMÁTICO Y DEPENDIENTE
Ese alto nivel de exigencia con que vive un hiper responsable lo convierte en alguien difícil de satisfacer. “Su excesiva responsabilidad lo vuelve temático. Puede convertirse en una persona difícil de agradar, ya que señala los defectos y los errores de los demás”, agrega Teresa Baquerizo.
Esto perturba las relaciones sociales, pues al no tolerar sus debilidades ni las del resto, al hiperresponsable le resulta casi imposible relacionarse. “La pretensión, la sobrecarga, y luego la obsesión y ansiedad, afectan sus relaciones interpersonales. Hay dificultad para adaptarse a las diferencias, sentimientos de frustración, niveles de estrés elevado, agresividad, sentimiento de abandono”, añade Nieto, especialista en terapias sistémicas.
Incluso, un hiperresponsable puede llegar a desarrollar una codependencia con su pareja o algún familiar, en vista de su poca capacidad para integrar un grupo social aparte. “La persona se encuentra peligrosamente “apegada” a un familiar cercano o a su pareja, llegando al punto de obsesionarse con cambiar o controlar a ese ser amado, enredarse en sus problemas hasta descuidarse de sí mismo”, acota la psicóloga Pinto.
En este tipo de situaciones se permiten malos tratos y abusos, y se desatan conductas patológicas como son las adicciones. “Y es que siempre habrá la tendencia a pensar que no es suficiente lo que se está haciendo por esa persona especial, como si fuera una misión que se nos encomendó. Así es la hiperresponsabilidad”.
EQUILIBRE SU DEBER
Todo exceso es un vicio. “El término híper alude a un exceso de, es decir, no es una persona muy responsable, sino alguien que excede su nivel de responsabilidad ordinaria”, aclara Pinto.
Y cualquier exceso perjudica a la salud. El cuerpo está diseñado para soportar un determinado nivel de tensión, es por eso que de la hiperresponsabilidad se derivan enfermedades tales como: gastritis, hipertensión, problemas cardiovasculares, músculo esquelético, estrés, insomnio, ansiedad, migraña y otras manifestaciones propias del debilitamiento del sistema inmunológico.
“Los romanos solían decir que la virtud se halla en la mitad, porque los extremos de una u otra manera, son dañinos”, manifiesta Rodrigo Tenorio, psicoanalista y terapeuta del AXXIS Hospital.
Hay que ser responsable, pero no tanto. Nada que atente contra el bienestar es positivo. “La normalidad consiste en aceptar y vivir lo imperfecto y lo perfectible sabiendo que los límites son absolutamente relativos. La vida sana se sustenta en lo imperfecto personal, social, familiar. Yo diría que casi es imposible que un hiperresponsable y un perfeccionista patológico puedan llegar a ser felices. Al contrario. ¡Pobre mujer casada con un obsesivo que cree haber hecho de la perfección su profesión y que no soporta ningún defecto ni en sí ni en los otros, o que se expone como el modelo para otros...”, concluye Tenorio. (LMH)
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